Estos son nuestros primeros panes, ¡qué misterio el de hacer pan!: se mezclan elementos tan simples – harina, agua, levadura, un poco de sal – con tiempo, cariño y calor y se obtiene el aroma y el alimento más sencillo y sabroso.
Hacer pan es un bonito proyecto y seguramente para mí también muy antiguo: lo llevaba dentro de mí desde que era niña. En casa hay un horno de pan de los de siempre, de piedra. Sólo tiene refractarios en la boca, toda la vuelta es de piedras bien colocadas; la entrada es estrecha lo justo para colar la pala de madera. Tiene forma de arco con un agujero encima que encamina el humo hacia la chimenea cuando el horno tiene la boca cerrada con su pieza con asa de metal antiguo. A la vez este agujero se puede tapar con una piedra que tiene la medida justa para ello cuando se quiere conservar la temperatura para cocer en su interior.
El horno es una estancia que está como enganchada a la estructura principal cuadrada que tiene la casa. Se accede por una puerta antigua de madera con cerrojo desde la planta de calle, que se tiene que recorrer de extremo a extremo, soleada por la tarde ya que mira hacia la sierra norte, se adivina el río al fondo del valle. Siempre la he vivido como un sitio encantado, lleno de pedazos de historias pasadas – algún día os explicaré alguno – nunca como funcional. Últimamente se había convertido en un mal almacén de trastos y aparatejos.
De pequeña siempre oía hablar de cómo se hacía el pan, cómo se amasaba, cómo se dejaba adormecer; de la masera, de las lejas que había en la estancia para enfriarlo, de cómo al principio se llevaba la harina que se recogía en el molino de Saulet y después, con la mejora de las condiciones de vida, ya se hacía con harina blanca que se iba a buscar a Noves. No había visto nunca una hornada.
El paso del tiempo y el deterioro del tejado hacían forzosa la intervención y tú me espoleaste a que fuese para revivir el horno, para planificar el horno biblioteca que queremos tener.
Qué gozada recuperarlo, arreglarlo, poner las condiciones para que sea de nuevo cocina de lo más básico. Ahora que lo tenemos me da respeto, me impone su capacidad para cocer dieciséis panes de dos kilos cada uno, medidas que no son para nada las nuestras; su historia, todas las hornadas que habrá hecho.
De momento hacemos prácticas con un horno eléctrico, “de corriente” que diría Luisa… es verdad, todavía no hemos hablado de Luisa. Os debemos una. Si contamos las historias, puede que dos o tres.

