El Palacio de las Aubas

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Las aubas son nuestro árbol favorito, si tuviésemos que escoger uno. Tanto las queremos que hasta hemos adoptado su nombre con la intención de fundirnos o confundirnos con ellas. El nombre castellano sería ‘álamo’, pero como ni en el Alcover viene esta traducción, las aubas son aubas para los dos, hablemos en el idioma que hablemos.

Nos gusta verlas evolucionar durante el año: perder la hoja en otoño y desnudarse orgullosas durante el invierno para volver a florecer en primavera y mostrar su esplendor en verano y en todas las etapas cambiando de color. Su forma de moverse al viento, elegantes y firmes, dejándose llevar lo justo, sólidas y flexibles, nos enseña muchas cosas sobre estar en este mundo. Sólo hace falta pararse a observarlas y a escucharlas para aprender de ellas.

Nuestro valle está poblado de aubas. Se las puede ver alzarse aquí y allá, con esa altura esbelta visible desde muy lejos, inconfundibles incluso rodeadas de otras especies de árboles. Normalmente aparecen formando sociedades de varios individuos, a menudo buscando torrenteras o corrientes de agua. Se ve que no les gusta estar solas ni secas.

En la otra vertiente a la que nos encontramos nosotros, un poco más abajo de Berén, hay una de estas poblaciones de aubas, una muy especial por su forma: su disposición es tal que, durante la primera parte del otoño, cuando cada hoja adquiere su tinte especial, tal parece una construcción fantástica que destaca sobre el fondo de árboles perennes, un palacio hermoso y reluciente y siempre nuevo con sus almenas y merlones. Para nosotros es el Palacio de las Aubas.

Qué seres lo habitan; qué historias ocurren allá adentro durante los días que dura esta visión de ensueño; qué no pasará en los pasillos que forman aquel puñado de árboles; qué reina o qué rey o qué príncipes o princesas se asoman a las magníficas torres de las aubas… No lo sabemos, pero nos lo podemos imaginar.